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La Coctelera

Cuaderno de campo. Manuel Cerdà

27 Enero 2007

Pepe Rubianes y la libertad de expresión

Oigo en la Ser (Hora 14, 26/01/2007) que la Fiscalía de Sant Feliu de Llobregat ha acusado a Pepe Rubianes de “ultrajar a España” (¡toma ya!) y que, en consecuencia, se le imponga una multa de 21.600 euros (eso cuesta “ultrajar” a España; todo está cuantificado económicamente) por las siguientes declaraciones:
“A mi la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás. Y que se metan ya a España en el puto culo a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando en los campanarios. Que se vayan a cagar a la puta playa con la puta España, que llevo desde que nací con la puta España... vayan a la mierda ya con el país ese y dejen de tocar los cojones” (Pepe Rubianes en el programa de TV3 El Club, 20/01/2006).
Supongo que lo del “ultraje” viene por haber usado palabras que el corrector de Word me marcó como “inadecuadas”, o “inapropiadas”, o como “tacos”, y esas eran “polla”, “puto”, “culo”, “cagar”, “mierda” y “cojones”.
Yo ―que he de confesar que cuando oí la frase de Rubianes por primera vez me descojoné (¡coño! [perdón] parece que tampoco puede decirse “descojonarse”, ni “coño”, así me lo indica el corrector― entendí, y entiendo, lo siguiente: “A mí el tema de la unidad de España no me interesa en absoluto. Que dejen ya tan manido asunto y con su pan se lo coman, a ver si se les indigesta. Que dejen de marearnos y se vayan a la playa y disfruten un poco, que desde que nací están con la misma cuestión... ya está bien, que nos dejen en paz”
El corrector de Word deja ahora la frase tal cual; parece que no hay nada incorrecto. La verdad: no sé dónde está el ultraje. Bueno, no sigo, que me dan miedo los correctores, todos, incluyendo el Estado y el fiscal de Sant Feliu de Llobregat. En fin, ¡viva la libertad de expresión!. Vamos a seguir disfrutando de ella. Es muy fácil: sólo hay que saber expresarse, y si no sabes no te preocupes: consulta antes a los correctores.

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22 Enero 2007

Feminismo: la lucha por ser hombres

Hubo un tiempo ―allá por las décadas de 1960 y 1970―, en el marco de lo que algunos han bautizado como “eclosión de los nuevos movimientos sociales”, en que comenzaron a cuestionarse muchas de las pautas sobre las que hasta entonces se habían basado las conductas en la sociedad occidental y que apenas habían sido objeto de atención por parte de los movimientos revolucionarios tradicionales. El Estado de bienestar ―tras la derrota del movimiento obrero, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial y la partición del mundo en dos bloques hegemónicos― parecía ser una garantía de orden social y prosperidad económica. Habían pasado los tiempos en que la única solución posible a la liberación personal y colectiva era el fin del sistema capitalista. Ahora podían hacerse muchas cosas “desde dentro” y, así, surgieron movimientos reivindicativos de diverso signo que, ciertamente, denunciaban las desigualdades del sistema y se oponían a ellas, y luchaban por conseguirlo. Mas, anticipándose sin pretenderlo a las tesis neoliberales sobre el “fin de la historia”, comenzaba a obviarse la tradicional división entre clases sociales a favor de la división por géneros, razas, etnias... o incluso, más recientemente, civilizaciones, con lo que se prescindía de una premisa básica: en el sistema capitalista ―por algo se llama así― es la situación económica ―la posesión de bienes, lo que sólo es posible si se dispone de capital para ello― la que está en el origen de cualquier desigualdad.
En este contexto ―en el que prima la resolución más o menos inmediata a los problemas más tangibles de la vida cotidiana en detrimento de la razón última que los hace posibles, contribuyendo, en consecuencia, a la fragmentación de los principios que hasta entonces habían movido a una lucha en común―, el feminismo se convirtió desde la década de 1960 en uno de los movimientos punteros que defendían una sociedad más libre, más justa y más igualitaria. Y consiguió hacer realidad muchas de sus aspiraciones. Nadie con dos dedos de frente negará la marginación que han padecido las mujeres desde hace 400.000 años (Elisabeth Badinter, El uno es el otro) ni cuestionará la legitimidad de las acciones emprendidas para conseguir una serie de derechos inherentes a la condición humana ni los logros alcanzados. Pero no se trata de esto, o solamente de esto. El problema es otro. Cuando las iniciativas por una sociedad mejor, por conseguir ese “otro mundo posible”, se basan en abstracciones (sexo, color de la piel, edad, etc), cuando no en entelequias, parten ya de una ventajosa posición: la de aceptar implícitamente el status quo imperante al considerar su “problema” como algo independiente de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Se puede reivindicar cuanto se quiera siempre que la economía, o el reparto de bienes, mejor dicho, no esté en su origen.
Así las cosas, cabe que nos preguntemos ¿qué feminismo?, ¿qué logros?, ¿en beneficio de quién?. Dejando de lado determinadas tesis del feminismo marxista o del anarcofeminismo, cada vez más alejadas del pensamiento y la acción del movimiento feminista, la llamada “revolución de la mujer” ni de lejos ha alcanzado a ese 50%, o más, que constituye la población femenina, siendo el número de mujeres asalariadas en la actualidad mayor que nunca en la historia. Pero este “crecimiento explosivo de la fuerza de trabajo femenina no se ha visto acompañado de una verdadera emancipación socioeconómica de la mujer” (Global Employment Trends for Women 2004, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra, 2004). En cambio, ha aumentado, y aumenta día a día, el número de mujeres en puestos de responsabilidad, de mando y de decisión, es decir, el número de mujeres que se han incorporado a los centros de poder, hasta hace poco reservados casi exclusivamente a los hombres, las cuales han pasado a hacer suyos determinados valores ―como la competitividad o la defensa del libre mercado― considerados por el feminismo, en sus inicios, como masculinos y que, lejos de cuestionar el sistema, lo reafirman. Y la verdad: que quién me explote sea un hombre o una mujer es secundario, lo que importa es que no me exploten.

Tags: feminismo

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12 Enero 2007

Todos (o nadie) somos artistas

Fue en 1999, si no recuerdo mal. Tenía que impartir yo ese año la docencia de la asignatura Escultura Contemporánea. Ni de lejos es mi especialidad, pero ya sabéis cuáles son los criterios que rigen a la hora de adjudicar a los distintos profesores las asignaturas cada curso académico: antigüedad y jerarquía. La Universidad nació como institución en la Edad Media. Será por ello que conserva ese nivel de endogamia tan propio de tiempos pasados. Para no olvidarse de sus raíces. En fin... a lo que íbamos. Planteé una teoría al principio del curso en la que enmarcar los distintos aspectos que el temario contemplaba. La escultura de la época contemporánea, especialmente desde los inicios del siglo XX, había seguido, al igual que las demás artes plásticas, un camino que la distanciaba cada vez más de la sociedad, hasta convertirse en algo absolutamente ininteligible y en una actividad privada ―eso sí, financiada por el Gobierno (siempre tan cultos sus miembros y tan preocupados por el bienestar general)― que nada tiene que decir ya a la sociedad. Nada nuevo ni original. Lo explica, mucho mejor, Hobsbawm en su excelente libro A la zaga. Por ello, afirmaba yo, la mayor parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo, siendo benignos y pasando de calificativos.
Dicha afirmación, como punto de partida, originó cierta perplejidad entre los alumnos. Lo deduje por la expresión de sus rostros, pues lamentablemente pocas cosas cuestionan. Así las cosas, pedí voluntarios para realizar conmigo una exposición, y cinco se prestaron a ello. Ninguno tenía la más mínima experiencia en dicho campo, jamás habían esculpido ni pintado nada. Yo menos. Solicité permiso en el Centro Cultural la Beneficencia ―que entones albergaba en sus instalaciones la Sala Parpalló, dedicada al arte contemporáneo―, al lado del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM), y nos prestaron una sala con sus correspondientes vitrinas. A ratos fuimos haciendo con nuestras propias manos seis esculturas. Cinco de ellas se exhibieron una mañana de un domingo de mayo dentro de una sala y la sexta la situamos fuera de ella con la finalidad de comprobar más detenidamente cuál era la reacción del público visitante. Cuando alguien se acercaba le dábamos un breve escrito en el que explicábamos que los autores de la muestra ―un colectivo anónimo que creía en la democratización del arte― no consideraba que la escultura fuera digna de ser exhibida en un museo sin la aprobación general de los que la contemplaran y les pedíamos que, por ello, le dieran nombre a la obra, depositando una papeleta con el título que creyeran más conveniente en una urna colocada al efecto junto a la escultura. La exposición fue vista por unas trescientas personas, las cuales visitaban también las otras salas del Centro y las del IVAM. Nadie objetó nada, nadie dijo algo así como vaya mierda de obras, o quién demonios habrá hecho este desaguisado. Nadie se pronunció en contra. Es más: más de doscientos se prestaron a darle nombre. Conservo las papeletas, junto con las imágenes de la muestra. Fue, pues, un éxito, al menos tan grande como el que tenían el resto de las exposiciones que la gente visitaba (todas ellas, por supuesto, de reputados artistas).Pensemos por un momento qué hubiera pasado si, en vez de realizar una exposición de escultura contemporánea (conceptual, claro, no dábamos para más) hubiésemos hecho una representación teatral o un recital de música. ¿Qué reacción habría tenido la gente? Mejor no probarlo. En cambio, en este caso, la gente comió gato creyendo que era liebre. Y no pasó nada. Claro que ¿qué podría haber pasado? Nada. Nada había en la sala, como nada había en el IVAM. De interés, por supuesto. De interés general. Ya sabemos que los snobs y los pijos que frecuentan estos lugares tienen fantásticas experiencias estéticas al contemplar las magníficas, bellísimas e importantísimas obras, salvadoras de la cultura mundial, que allí se exhiben.

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12 Enero 2007

Ley Antitabaco

Leo en El País esta mañana (22/11/2006) una noticia sobre los resultados de la Ley Antitabaco al estar a punto de cumplirse el primer año de su entrada en vigor. La venta de tabaco ha disminuido un 3,12%, unos 500.000 españoles ―según el Ministerio de Sanidad― han dejado de fumar y algo menos de 15% de los bares son “espacios libres de humos”. La ministra no parece estar contenta del todo y propone un aumento del precio del tabaco, que los consumidores ―digo yo que serán los consumidores no fumadores― exijan locales sin humo y una mayor voluntad política en inspecciones y sanciones. Le preocupa a la ministra, y al Gobierno, la salud de los españoles y se dispone a seguir luchando con ahínco hasta erradicar tan execrable hábito. Parafraseando la conocida canción, creo que el humo ciega sus ojos ―los suyos y los del Gobierno― y le impide ver otras situaciones a las que estamos expuestos diariamente que, como poco, dañan tanto la salud como el tabaco y sobre las que no se proponen medidas tan drásticas, cuando no ninguna.
Veamos. ¿Acaso no daña la salud vivir con menos de 1.000 euros al mes (lo que les ocurre a gran parte de las familias españolas)?, ¿arreglárselas para poder pagar los plazos mensuales de una hipoteca por un valor que en muchas ocasiones supera la mitad de los ingresos familiares?, ¿levantarse de noche para ir a trabajar y tener que hacer horas extras (cobradas en dinero negro, por supuesto) para poder llegar a fin de mes?, ¿estudiar en barracones que no reúnen ni de lejos las condiciones necesarias para un adecuado desarrollo intelectual?, ¿no poderse pagar unas vacaciones durante el verano y relajarse un poco?, ¿tener que trabajar en casa en eso que se llama economía sumergida y conseguir, así, unos pocos euros (posiblemente los mismos ―puede que incluso menos― que el empleador se gasta en una noche de fiesta) con los que hacer frente a las necesidades más apremiantes de la vida?, ¿no poder dormir porque hay que calcular muy bien lo que compra uno para comer si quiere cuadrar las cuentas?, ¿llamar al ambulatorio para que te den hora con el médico y que las líneas estén siempre sobresaturadas por falta de personal?, ¿y que el médico disponga solamente de unos minutos para reconocerte?, ¿no poder arreglarte la boca porque la Seguridad Social no cubre esos lujos?... Son sólo unos pocos ejemplos que se me ocurren a bote pronto. Seguro que mientras lees esto habrás pensado en muchos más. Todo esto les ocurre a la mayoría de los españoles. Mientras, la banca ha multiplicado sus beneficios un 52% este año, las grandes constructoras los han incrementado en un 33,9%, el precio de la vivienda ha crecido entre 1997 y 2006 un 130%, los salarios de los trabajadores aumentaron un 9,6% para el mismo periodo ―no a todos por igual: hay empresas en que la diferencia de sueldo puede ser mil veces mayor entre un ejecutivo y un simple trabajador― y los productos y servicios básicos que consumen los españoles frecuentemente han subido más de un 60% de media desde la entrada del euro, en el año 2002. Claro, como a los que deciden sobre todo esto nada de lo anteriormente expuesto les afecta, una cortina de humo sirve para esconder la mísera realidad de este Estado benefactor (de los grandes capitalistas ante todo). Así pues, ¡que les den¡ Fumemos en el trabajo, en los bares y donde nos salga de los cojones y paguemos los 30 euros de multa que nos pondrán (eso sí, la primera vez) por desobedecer tan sabios consejos de los garantes de nuestro bienestar. Contribuyamos de este modo a aumentar los recursos del Estado, que el Gobierno (los Gobiernos, más bien) ya se encargará de redistribuir justamente. A la salud de la ministra (no soy rencoroso): voy a fumarme un puro, o varios cigarrillos, mientras me tomo un buen whisky. A ver si, de este modo, me olvido de tanta hipocresía. Lo dice un refrán de mi tierra: “puta temprana, beata tardana”. Eso les pasa a estos modelnos (sic) que tenemos como gobernantes y que luchan incansablemente para justificar lo injustificable.

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12 Enero 2007

MANIFIESTO CONTRA EL CONSUMISMO INFANTIL

Los niños, especialmente los del mundo occidental, son cada vez más objeto de grandes campañas que les incitan a consumir bienes diseñados especialmente para ellos, aunque sean totalmente inútiles y nada aporten a su desarrollo intelectual.

Ante la manifiesta irresponsabilidad de los padres y la ineficacia, fruto del desdén más absoluto, del Gobierno, manifestamos nuestra oposición a que:

1. Se les inculque desde la más temprana edad valores mercantilistas e insolidarios, que valoran más el “tener” que el “ser” y que priorizan la cantidad de cosas a la calidad de vida.
2. Se les eduque en la mentira y desde la incoherencia, pues no se les habla de la importancia que la austeridad y el compartir tienen en el mundo actual en la búsqueda de un desarrollo humano sostenible que atienda las necesidades de todos y no de unos pocos, al tiempo que se les habla de lo mal que está el mundo.
3. Se les someta a continuo chantaje y se les cree sentimiento de culpa al decirles repetidamente que los Reyes o Papa Noel, o los dos, no les traerán nada si no se portan bien.
4. Se les creen falsas expectativas o innecesarias frustraciones al querer el niño algo que ha visto en la televisión y que no está al alcance del presupuesto de sus padres.

En consecuencia, proponemos:

1. Instar al Gobierno a que prohíba toda clase de publicidad destinada específicamente a los niños (como la de los juguetes).
2. Instar a los padres a que dejen de contarles mentiras que sólo conducen a la formación de consumidores precoces y a futuros esclavos de bienes que únicamente son necesarios a los que los fabrican.
3. Instar a los padres para que no compren los juguetes de empresas que realicen campañas publicitarias para niños.
4. Instar a los maestros para que en sus clases digan la verdad a los niños: que Papa Noel y los Reyes Magos no existen y que son los padres los que les hacen los regalos, y por lo tanto eduquen responsablemente.
5. Instar a los maestros a que expliquen que no se trata solamente de que hay niños que jamás disfrutarán de juguetes como los suyos, sino que muchos de ellos han sido explotados para su elaboración.
6. El reparto a la salida de los colegios de hojas impresas, con un lenguaje claro y accesible para ellos, en los términos anteriormente expuestos.
7. Mandar cartas a los niños en vísperas de fechas señaladas remitidas por Papa Noel y/o los Reyes Magos diciéndoles que no existen y que pidan cuentas a sus papás, familiares y maestros por tenerlos engañados.
Diciembre de 2006

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Historiador. Ha dirigido el Servicio de Publicaciones de la Diputación de València y el Centre d’Estudis d’Història Local. En la actualidad es técnico del Servei d’Investigacions Etnològiques y de les Cultures Tradicionals de la Diputación de València y profesor del Departamento de Historia del Arte de la Universitat de València. Ha publicado, entre otras, las obras "Lucha de clases e industrialización", "Els moviments socials al País Valencià" e "Historia fotográfica del socialismo español", y ha dirigido las obras "Historia del pueblo valenciano", "Diccionario Històrico de la Comunidad Valenciana", "52 fines de semana. Rincones de la Comunidad Valenciana" y "Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana". Especialista en arqueología industrial, es autor de "Arqueología industrial de Alcoi" y "Enciclopedia Valenciana de Arqueología Industrial", además de otras obras de carácter colectivo. Ha dirigido diversas prospecciones y excavaciones arqueológico-industriales y ha sido miembro fundador y presidente de la Associació Valenciana d’Arquelogia Industrial.

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