China blue
China blue es el título de un documental que emitió Canal 33 el sábado por la noche. Jasmine y Orchid son dos adolescentes que, como tantos otros, se ven abocados a vivir el mundo de los adultos antes de tiempo por el simple hecho de haber nacido en regiones empobrecidas y tratar, así, de evitar ―lo que no significa conseguir― formar parte de esa lista anónima que integran los 30.000 niños que mueren cada día a causa de la extrema pobreza. No son una excepción. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) “en 2004 había aproximadamente 317 millones de niños económicamente activos de 5 a 17 años de edad, 218 millones de los cuales podrían considerarse niños trabajadores. De estos últimos, 126 millones realizaban trabajos peligrosos. Las cifras correspondientes al grupo de edad más limitado de 5 a 14 años eran de 191 millones en el caso de los niños económicamente activos, de 166 millones en el de los niños trabajadores, y de 74 millones el de los que se dedicaban a trabajos peligrosos”. (La eliminación del trabajo infantil: un objetivo a nuestro alcance, Conferencia Internacional del Trabajo, 95ª reunión, 2006, www.ilo.org/declaration).
Jasmine y Orchid han de abandonar sus familias para ir a trabajar a una fábrica textil, de pantalones vaqueros en este caso, proveedora de grandes firmas mundiales, como Levy’s. Allí han de realizar jornadas laborales que pueden llegar hasta las 24 horas seguidas si la producción lo demanda. Para que el sueño no las venza ―pues si se quedan dormidas en el trabajo las multan― las trabajadoras llegan incluso a colocarse pinzas de tender la ropa en los párpados. El documental muestra como una encargada, entre risas, enseña cómo se hace. Por supuesto, carecen de derechos laborales ―las pocas inspecciones que se hacen a estas fábricas nunca llegan a buen puerto, pues los dueños son avisados antes e “instruyen” a las trabajadoras sobre lo que han de decir―, los exiguos jornales están en función de la demanda, duermen en la misma fábrica ―en jergones, en una sala común―, comen también allí mismo ―por supuesto, la comida se les descuenta del sueldo (eso sí, entran a trabajar a las 7 de la mañana y si a partir de las 12 de la noche han de continuar la jornada la empresa les ofrece, ¡gratuitamente¡, una sopa o algo parecido) y sólo tienen tiempo de salir un rato si desciende la producción. También vimos al señor Lan, el propietario de la fábrica, que calcula que los beneficios económicos del pedido que en esos momentos atiende es de 31.000 dólares diarios, y cómo delegaciones de empresas occidentales fuerzan unos precios extremadamente bajos y unos plazos de entrega más que ajustados que obligan a reducir lo que se paga por pantalón, pues así cobran, a tanto por pieza. Jasmine es repasadora y el documental dura 54 minutos, al término de los cuales nos informa que en ese tiempo Jasmine ha conseguido repasar 35 pantalones, por lo que ha ganado 74 céntimos de euro. Jasmine se pregunta quién se pondrá aquellos pantalones y si sabrá quién los ha hecho y cómo. Me temo que sí, se sabe, lo sabemos, los individuos, las empresas, los organismos financieros, los gobiernos e instituciones públicas, pero basta con no mirar la etiqueta, pues lo que Jasmine no sabe es que aquí, en Occidente, justo el día antes de emitirse el reportaje, ya habíamos hecho la buena acción de la semana: un apagón de cinco de minutos por el cambio climático. Eso sí, de 19,55 a 20 horas, no sea que vayamos a entorpecer la productividad.
