Todos (o nadie) somos artistas
Fue en 1999, si no recuerdo mal. Tenía que impartir yo ese año la docencia de la asignatura Escultura Contemporánea. Ni de lejos es mi especialidad, pero ya sabéis cuáles son los criterios que rigen a la hora de adjudicar a los distintos profesores las asignaturas cada curso académico: antigüedad y jerarquía. La Universidad nació como institución en la Edad Media. Será por ello que conserva ese nivel de endogamia tan propio de tiempos pasados. Para no olvidarse de sus raíces. En fin... a lo que íbamos. Planteé una teoría al principio del curso en la que enmarcar los distintos aspectos que el temario contemplaba. La escultura de la época contemporánea, especialmente desde los inicios del siglo XX, había seguido, al igual que las demás artes plásticas, un camino que la distanciaba cada vez más de la sociedad, hasta convertirse en algo absolutamente ininteligible y en una actividad privada ―eso sí, financiada por el Gobierno (siempre tan cultos sus miembros y tan preocupados por el bienestar general)― que nada tiene que decir ya a la sociedad. Nada nuevo ni original. Lo explica, mucho mejor, Hobsbawm en su excelente libro A la zaga. Por ello, afirmaba yo, la mayor parte del arte contemporáneo es una tomadura de pelo, siendo benignos y pasando de calificativos.
Dicha afirmación, como punto de partida, originó cierta perplejidad entre los alumnos. Lo deduje por la expresión de sus rostros, pues lamentablemente pocas cosas cuestionan. Así las cosas, pedí voluntarios para realizar conmigo una exposición, y cinco se prestaron a ello. Ninguno tenía la más mínima experiencia en dicho campo, jamás habían esculpido ni pintado nada. Yo menos. Solicité permiso en el Centro Cultural la Beneficencia ―que entones albergaba en sus instalaciones la Sala Parpalló, dedicada al arte contemporáneo―, al lado del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM), y nos prestaron una sala con sus correspondientes vitrinas. A ratos fuimos haciendo con nuestras propias manos seis esculturas. Cinco de ellas se exhibieron una mañana de un domingo de mayo dentro de una sala y la sexta la situamos fuera de ella con la finalidad de comprobar más detenidamente cuál era la reacción del público visitante. Cuando alguien se acercaba le dábamos un breve escrito en el que explicábamos que los autores de la muestra ―un colectivo anónimo que creía en la democratización del arte― no consideraba que la escultura fuera digna de ser exhibida en un museo sin la aprobación general de los que la contemplaran y les pedíamos que, por ello, le dieran nombre a la obra, depositando una papeleta con el título que creyeran más conveniente en una urna colocada al efecto junto a la escultura. La exposición fue vista por unas trescientas personas, las cuales visitaban también las otras salas del Centro y las del IVAM. Nadie objetó nada, nadie dijo algo así como vaya mierda de obras, o quién demonios habrá hecho este desaguisado. Nadie se pronunció en contra. Es más: más de doscientos se prestaron a darle nombre. Conservo las papeletas, junto con las imágenes de la muestra. Fue, pues, un éxito, al menos tan grande como el que tenían el resto de las exposiciones que la gente visitaba (todas ellas, por supuesto, de reputados artistas).Pensemos por un momento qué hubiera pasado si, en vez de realizar una exposición de escultura contemporánea (conceptual, claro, no dábamos para más) hubiésemos hecho una representación teatral o un recital de música. ¿Qué reacción habría tenido la gente? Mejor no probarlo. En cambio, en este caso, la gente comió gato creyendo que era liebre. Y no pasó nada. Claro que ¿qué podría haber pasado? Nada. Nada había en la sala, como nada había en el IVAM. De interés, por supuesto. De interés general. Ya sabemos que los snobs y los pijos que frecuentan estos lugares tienen fantásticas experiencias estéticas al contemplar las magníficas, bellísimas e importantísimas obras, salvadoras de la cultura mundial, que allí se exhiben.
