Ley Antitabaco
Leo en El País esta mañana (22/11/2006) una noticia sobre los resultados de la Ley Antitabaco al estar a punto de cumplirse el primer año de su entrada en vigor. La venta de tabaco ha disminuido un 3,12%, unos 500.000 españoles ―según el Ministerio de Sanidad― han dejado de fumar y algo menos de 15% de los bares son “espacios libres de humos”. La ministra no parece estar contenta del todo y propone un aumento del precio del tabaco, que los consumidores ―digo yo que serán los consumidores no fumadores― exijan locales sin humo y una mayor voluntad política en inspecciones y sanciones. Le preocupa a la ministra, y al Gobierno, la salud de los españoles y se dispone a seguir luchando con ahínco hasta erradicar tan execrable hábito. Parafraseando la conocida canción, creo que el humo ciega sus ojos ―los suyos y los del Gobierno― y le impide ver otras situaciones a las que estamos expuestos diariamente que, como poco, dañan tanto la salud como el tabaco y sobre las que no se proponen medidas tan drásticas, cuando no ninguna.
Veamos. ¿Acaso no daña la salud vivir con menos de 1.000 euros al mes (lo que les ocurre a gran parte de las familias españolas)?, ¿arreglárselas para poder pagar los plazos mensuales de una hipoteca por un valor que en muchas ocasiones supera la mitad de los ingresos familiares?, ¿levantarse de noche para ir a trabajar y tener que hacer horas extras (cobradas en dinero negro, por supuesto) para poder llegar a fin de mes?, ¿estudiar en barracones que no reúnen ni de lejos las condiciones necesarias para un adecuado desarrollo intelectual?, ¿no poderse pagar unas vacaciones durante el verano y relajarse un poco?, ¿tener que trabajar en casa en eso que se llama economía sumergida y conseguir, así, unos pocos euros (posiblemente los mismos ―puede que incluso menos― que el empleador se gasta en una noche de fiesta) con los que hacer frente a las necesidades más apremiantes de la vida?, ¿no poder dormir porque hay que calcular muy bien lo que compra uno para comer si quiere cuadrar las cuentas?, ¿llamar al ambulatorio para que te den hora con el médico y que las líneas estén siempre sobresaturadas por falta de personal?, ¿y que el médico disponga solamente de unos minutos para reconocerte?, ¿no poder arreglarte la boca porque la Seguridad Social no cubre esos lujos?... Son sólo unos pocos ejemplos que se me ocurren a bote pronto. Seguro que mientras lees esto habrás pensado en muchos más. Todo esto les ocurre a la mayoría de los españoles. Mientras, la banca ha multiplicado sus beneficios un 52% este año, las grandes constructoras los han incrementado en un 33,9%, el precio de la vivienda ha crecido entre 1997 y 2006 un 130%, los salarios de los trabajadores aumentaron un 9,6% para el mismo periodo ―no a todos por igual: hay empresas en que la diferencia de sueldo puede ser mil veces mayor entre un ejecutivo y un simple trabajador― y los productos y servicios básicos que consumen los españoles frecuentemente han subido más de un 60% de media desde la entrada del euro, en el año 2002. Claro, como a los que deciden sobre todo esto nada de lo anteriormente expuesto les afecta, una cortina de humo sirve para esconder la mísera realidad de este Estado benefactor (de los grandes capitalistas ante todo). Así pues, ¡que les den¡ Fumemos en el trabajo, en los bares y donde nos salga de los cojones y paguemos los 30 euros de multa que nos pondrán (eso sí, la primera vez) por desobedecer tan sabios consejos de los garantes de nuestro bienestar. Contribuyamos de este modo a aumentar los recursos del Estado, que el Gobierno (los Gobiernos, más bien) ya se encargará de redistribuir justamente. A la salud de la ministra (no soy rencoroso): voy a fumarme un puro, o varios cigarrillos, mientras me tomo un buen whisky. A ver si, de este modo, me olvido de tanta hipocresía. Lo dice un refrán de mi tierra: “puta temprana, beata tardana”. Eso les pasa a estos modelnos (sic) que tenemos como gobernantes y que luchan incansablemente para justificar lo injustificable.
